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ARTÍCULOS </Figure>

<P>SOBRE EL SUJETO Y LA POLÍTICA: TANTEOS DE LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA EN LA DERIVA DE LA MUNDIALIZACIÓN CAPITALISTA </P>

<Part>
<H4>On the Subject &amp; Politics: tries of contemporary philosophy in the drift of capitalist mundialization </H4>

<Sect>
<H4>Resumen </H4>

<P>Contrariamente a lo pregonado por la objecin anti-totalizante de la filosofía posestructuralista de fines del siglo XX, el presente trabajo subraya como novedad el creciente rescate de la compleja categoría de modo de produccin, como sucede con la proliferacin del debate sobre imperio, imperialismo, globalizacin, mundializacin y otras nociones similares, y el hecho de que se haya comenzado a leer los caracteres culturales y sociales teniendo en cuenta las alteraciones objetivas del orden econmico. Esto supone haber superado el lema filosfico que presentaba el tema de la crisis de la razn moderna en términos celebratorios, y también el volver a dar carta de ciudadanía terica tanto al lema de la totalidad objetiva como a la idea de una ontología del presente. En este marco, se comentan tres aproximaciones de la filosofía europea contemporánea de Giorgio Agamben, Alain Badiou y Paolo Virno, que suponen un renovado interés en dos de los ejes vedados para la filosofía previa: los temas de la política y del sujeto. </P>

<P>Palabras clave: sujeto – política – totalidad -filosofía contemporánea </P>
</Sect>
</Part>

<Part>
<H4>Claudia Yarza </H4>

<P>UNCuyo, Argentina </P>

<Sect>
<H4>Abstract </H4>

<P>Contrary to what have been rejected by the anti-totalitarian philosophy of late twentieth century, the present work stresses as a novelty the increasing rescue of the category of mode of production, as it happened in the recent debate about Empire, Imperialism, Globalization and similar concepts, and the fact that it is the order of the day to read the cultural and social characters taking into account the objective alterations of the economic field. This means that we are about to overcome the philosophical slogan that presented the theme of the crisis in modern reason in laudatory terms, and also the back to give theoretical approval to both the motto of the objective totality and the idea of an ontology of the present. In this context, the work discusses three approximations done by the current European philosophies of Giorgio Agamben, Alain Badiou and Paolo Virno, which show a renewed interest in two of the key issues that were interdicted for the previous philosophy: politics and subject. </P>

<P>Keywords: subject – politics – totality -current philosophy </P>

<P>Hace unos veinte aos se viene usando el término globalizacin para nombrar un aspecto importante de la experiencia social contemporánea, a mitad de camino entre la imagen de aldea global proyectada por los medios masivos de comunicacin, y el dominio de un tipo de capitalismo basado en la transnacionalizacin de la economía. Sin embargo, la expresin supone ciertos supuestos no slo descriptivos sino también ideolgicos: además de aludir a las notables transformaciones econmicas como la internacionalizacin y crecimiento de los mercados financieros, la preeminencia de las tecnologías de la informacin y los profundos cambios en la organizacin del trabajo, el lenguaje de la globalizacin parece sugerir cierta pacificacin del mundo, como consecuencia del “mundo sin fronteras del libre mercado” y de la expansin integradora de los lenguajes y las redes. La caída del comunismo soviético habría favorecido, a su vez, la admisin de esta imagen post-histrica (por post-política), permitiendo que se predicara la existencia de una nueva burguesía transnacional o desnacionalizada, así como una confluencia de los capitales “globales” y el fin de la confrontacin entre las potencias. De este esquema de supuestos también se predicaba la obsolescencia del propio Estado-nacin, consecuencia natural de la tendencia a una globalizacin del mundo donde las empresas multinacionales y los organismos internacionales como el FMI (Fondo Monetario Internacional) o la OMC (Organizacin Mundial del Comercio), representan las instancias jurídicas de la competencia “limpia”, que reestructura mercados y remodela las funciones de los estados y de los bancos. </P>

<P>Esta serie de aserciones contiene, por así decirlo, fragmentos de verdades y de ahí su acierto mistificador1; sin embargo, rene fenmenos -ciertamente entrelazados en la experiencia social contemporánea-que son de muy distinto peso objetivo y valor explicativo. Por una parte, hubo un cambio del patrn econmico de acumulacin, que se relaciona con la liberalizacin monetaria y un anmalo desarrollo de los mercados financieros, fenmenos que acabaron </P>

<P>1 Segn James Petras, el término comenza circular a fines de los aos 60 en revistas de negocios de EEUU porque había necesidad de que los lectores entendieran el fenmeno de las multinacionales invadiendo mercados pero sin el arrastre crítico de la palabra existente, “imperialismo”. Allí el concepto de globalizacin entren la jerga periodística para describir el fenmeno de expansin de empresas norteamericanas, europeas y japonesas conquistando espacios econmicos, y más tarde adquiriun barniz intelectual al relacionarlo con las nuevas tecnologías y su capacidad expansiva. (Petras, 2000:20). </P>

<P>convalidando a los EEUU como el centro de atraccin del ahorro mundial. En estas mutaciones cobran relevancia nuevas mega-corporaciones industrial-financieras junto a los grandes bancos y otros muchos operadores del incierto y volátil mercado bursátil. Por otra parte, los instrumentos keynesianos que representaban barreras a la liberalizacin del capital y a la flexibilizacin del trabajo no quedaron indemnes; su desmantelamiento fue, incluso, una política “mundial” decisivamente impulsada por el FMI que intervino en el dictado de medidas gubernamentales abiertamente favorables a la concentracin capitalista (los eufemísticos ajuste, desregulacin, apertura). </P>

<P>Pero está claro que la procedencia de estas transformaciones no fue un resultado natural del acontecer (salvo, claro, para quienes las explican atendiendo nicamente a cierta idea de salto tecnolgico o por la rigidez del modelo keynesiano), sino de una suma de contradicciones, tanto econmicas como sociales. Quizás, como afirma Samir Amin, la crisis capitalista -a cuya estela nos enfrentamos an-se haya producido como resultado de las propias energías desplegadas contra la dinámica polarizante que el capital lleva en su seno; en otras palabras, las regulaciones impuestas al capital tanto en los países centrales como en el Segundo y Tercer Mundo, fueron verdaderos proyectos sociales que lograron frenar la violencia inherente a estas economías, pero con resultados dispares (Amin, 2003:43). Políticas que fueron desde la negociacin colectiva y la representacin sindical hasta los sistemas de regulacin nacional, modelos que incluían instancias de negociacin internacional (como la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo) y proyectos nacionalistas o populistas que jugaron un fuerte papel durante varias décadas del siglo XX. </P>

<P>Siguiendo esta perspectiva, digamos que Estado benefactor (en países centrales), nacionalismo populista y radicalizacin antiimperialista (en las periferias), con sus inmensos desajustes, produjeron sin embargo formaciones precarias, incapaces de superar la dinámica polarizante y fragmentadora del capitalismo. De lo contrario no habría el tipo de mundializacin que estamos padeciendo, cuyos rasgos reflejan el hecho de ser resultado de un reflujo de las fuerzas sociales, un desempate a favor de una nueva libertad (totalmente impolítica) para los capitales; el repliegue de la izquierda y de los sindicatos, y del desarrollismo y la regulacin a escala nacional, no son sino los síntomas de una pérdida de la capacidad de limitar y definir contenidos sociales del funcionamiento del mercado. Con una expresin a la vez expresiva y sintética, el italiano Paolo Virno se refiere a esta libertad conquistada por el gran capital después de los aos ’70 en términos de una “contrarrevolucin” exitosa, esto es, no de una simple restauracin del orden social resquebrajado por los nuevos conflictos, sino una revolucin a la inversa, que relanza el mando capitalista aprovechando cierta capacidad de innovacin de los modos de producir y de las relaciones sociales (Virno, 2003a:127). </P>

<P>Suele verse al período anterior como dotado de una gran estabilidad o solidez, aunque quizás no sea sino un mero recurso expresivo; como apunta David Harvey, acaso se haya tratado de un nudo de “rigideces recíprocas”, que ataba “al gran capital, al gran gobierno y a la gran fuerza de trabajo a lo que cada vez más aparecía como una ligazn disfuncional de intereses creados que socavaba -más que aseguraba-la acumulacin del capital” (Harvey, 1998:168). La aguda recesin de los ’70, junto a la crisis del petrleo, puso en movimiento toda una serie de procesos que deterioraron el modelo y que hicieron posible el reajuste social y político posterior. Una reestructuracin que slo muy superficialmente puede ser vista como liderada por el desarrollo de las nuevas tecnologías o por el horizontalismo de las redes. Esa discursividad que trajo el neoliberalismo no es más que una serie de slogans construidos con un lenguaje más o menos neoclásico y profundamente conservador, mientras que su eje está íntimamente relacionado con esta derrota de los proyectos sociales. </P>
</Sect>
</Part>

<Part>
<H4>La visualizacin de la nueva totalidad en el discurso filosfico contemporáneo: globalizacin, imperio, imperialismo </H4>

<P>Ahora bien, contrariamente a lo pregonado por la objecin anti-totalizante de la filosofía posestructuralista de fines del siglo XX, la novedad actual es que se ha rescatado la compleja categoría de modo de produccin, y que se intenta “leer” los caracteres culturales y sociales teniendo en cuenta las alteraciones objetivas del orden econmico1. Por una parte, mientras se debate entre los </P>

<P>1 Una excepcin fue la temprana posicin de Fredric Jameson, quien fue capaz de resistir el abandono de la crítica e intentabarcar en un mismo expediente explicativo a los fenmenos </P>

<P>diagnsticos diferenciales que implican las categorías de Imperio (Hardt y Negri, 2002), imperialismo (Chesnais, 1999; Boron, 2002), neocolonialismo, mundializacin y otras1, se vuelve a dar carta de ciudadanía terica tanto al lema de la totalidad objetiva como a la idea de una ontología del presente. Por otra parte, se reconoce la obsolescencia de un programa filosfico que presentaba el eje de la “crisis de la razn” pero que fue deslizándose hacia el fin de la teorizacin en sentido fuerte, y con ello postulaba de facto la liquidacin de la propia cuestin filosfica. Quizás como afirmaba Perry Anderson, simplemente llegla hora de percibir, asomándose por encima de ese frágil estrato de yuppies posmodernos crecidos al amparo de las finanzas especulativas y los sectores de servicios, a esos vastos dispositivos de la produccin y el poder que son las corporaciones multinacionales, cuyas operaciones se entrecruzan a lo largo y ancho de la economía global y determinan representaciones en el imaginario colectivo (Anderson, 2000:78). Porque en lugar de vivir una condicin plural y de respeto a las diferencias, en aproximadamente diez aos – digamos en el lapso entre la edicin de La condicin posmoderna de Lyotard y la primera Guerra del Golfo– el mundo se cerraba en un universo mucho más gris y aterrador: el de la hegemonía planetaria del capitalismo multinacional. Con esto, toda una literatura filosfica que había pretendido sacar las conclusiones que se desprendían de los ltimos filsofos modernos, muy pronto caybajo el peso de sus propios límites ideolgicos, al hacer sucumbir al pensamiento en el mero regodeo estético y con una intrínseca debilidad, mientras pregonaba el apogeo de la sociedad “pluralista” de los medios de comunicacin y el fin de la violencia metafísica del colonialismo y del imperialismo (Vattimo, 1990:77). </P>

<P>Lo que sucedies que para que existiera un mercado realmente mundial, como ya lo decían los autores del Manifiesto Comunista en 1848, la burguesía tendría que “preparar crisis más extensas y más violentas y disminuir los riesgos de prevenirlas”. Por eso es un error, o una parcialidad, pensar que el ncleo del modelo econmico sea la idea (horizontal y abierta) del mercado; en realidad, como su ley es la obtencin de la ganancia, lo axial es la acumulacin y la </P>

<P>intelectuales y a los econmico-sociales en su ensayo El posmodernismo como pauta cultural dominante del capitalismo tardío. 1 Véase cierta representacin de este debate en, entre otros, Katz, 2001; Chesnais, 1999; Boron, 2002; Petras, 2000 y 2001; Amin, 2003. </P>

<P>polarizacin. Genera contradicciones y no puede no hacerlo; sin las oposiciones capital/trabajo y centro/periferia1, la expresin “mercado mundial” funciona como una falsa premisa en la tesis de la globalizacin, proyecta una imagen de ésta similar a un mundo mercantil-pacificado —visin neoliberal que dice que eliminando las interferencias estatales se mejora la distribucin de recursos—. Como dice Samir Amin: no hay desregulacin de los mercados, sino que “los mercados llamados “desregulados” son mercados regulados por los poderes de los monopolios que se sitan más allá del mercado” (Amin, 2003:11). </P>

<P>Este comportamiento fracturante, inherente a la mundializacin capitalista, fue pensado en la tradicin leninista con el término “imperialismo”, que recogía la idea de la confrontacin entre Estados-potencias. Sin embargo, hoy en día la mundializacin (en su acepcin “globalista”) es vista como una interdependencia que incluso inhibe la conflagracin imperialista2. Volveremos sobre esto. </P>

<P>Ahora bien, en este mercado mundial, ¿cuánto es lo internacionalizado? ¿Todas las mercancías se producen y circulan libremente? Hay quienes afirman que el nico mundial es el mercado de divisas, que si no fuese por los mercados financieros no hablaríamos de la globalizacin como de un fenmeno novedoso (Arrighi, 1998). En esta línea, si se compara el volumen de las transacciones comerciales o de la inversin extranjera directa con el volumen de los negocios financieros, se ve que ésta ltima es mucho mayor, lo que ha hecho decir que estamos en una economía “especulativa”, “de casino”, desconectada de la “economía real”, etc. </P>

<P>Dicho esto, hay que reconocer que también hay una internacionalizacin productiva, y un índice de ello es la formidable gravitacin de las “empresas transnacionales” (ET), “multinacionales” o “empresas de produccin mundial” en la reestructuracin de la divisin internacional del trabajo. Estas empresas se benefician descomponiendo el proceso productivo: localizan las actividades calificadas en los países avanzados y el trabajo en serie en las periferias; su éxito </P>

<P>1 Incluso cabe destacar que la denominada “teoría de la dependencia” da una interpretacin precisa de la constitucin del mercado mundial a partir de la conquista y la colonizacin de América por los europeos, como lo han desarrollado Gunder Frank y Enrique Dussel, entre otros. 2 Eso parecen concluir Toni Negri y M. Hardt en su celebrada obra Imperio: para ellos se está más allá del imperialismo porque “hay” mercado mundial, porque el comando de ese mercado ya no asienta en ninguna hegemonía política en el sentido tradicional. </P>

<P>proviene de un salto en el grado de concentracin y centralizacin del capital, y de las alianzas y fusiones entre empresas (que actan como socios en algunos terrenos y como enemigos en otros). Al mismo tiempo, aprovechan el avance informático, la desregulacin bancaria y monetaria, y la adaptacin de la legislacin comercial de cada país, para abaratar transacciones y movimientos intra-firmas. Poseen cada vez más instrumentos para presionar los mercados de trabajo, relocalizar actividades productivas y usufructuar desigualdades salariales, e incrementar sus ganancias. En fin, an cuando toda esta discusin parezca algo técnica, sin embargo en ella se juegan algunos argumentos importantes tanto del discurso “globalista” como del discurso crítico y de las alternativas políticas: por ej., sobre la obsolescencia del Estado-nacin, o sobre la dicotomía entre “capital productivo” (sano) y “capital especulativo” (parásito), etc. Afirmar que las ET son centrales en la actual mundializacin no significa afirmar el ocaso del Estado: es ya evidente que ellas refuerzan las posiciones dominantes de los países más avanzados (también dejan regiones completas en posiciones totalmente debilitadas dentro del comercio, la produccin y el intercambio mundial). Estas empresas no podrían sobrevivir sin la mano (visible) de sus Estados “madres”, que intervienen constantemente para administrar la crisis y conseguir ventajas en la conquista de mercados extranjeros y en la proteccin de mercados locales, como se ha visto en la ltima crisis financiera mundial (Wood, 2001:81). </P>

<P>La conclusin de todo lo antedicho es que ha cambiado la condicin material sobre la que se asienta la vida social y política. Y tal condicin consiste en una serie de procesos entrelazados que hablan de la emergencia de una nueva totalidad: un sistema capitalista mundializado, un imperialismo colectivo que comprende a países tradicionalmente imperialistas como los de Europa, Japn y los EEUU, que poseen un proyecto ultrarreaccionario en el sentido pleno del término, esto es, pretenden volver a formas anteriores de la divisin internacional del trabajo -el proyecto de un “apartheid a escala mundial” (Amin, 2003). Políticamente, este proyecto genera y promete la mayor de las inestabilidades entre los países dominantes y los dominados, la multiplicacin de los conflictos, y acarrea más y más militarizacin para la “gestin” del sistema mundial. En su constitucin, son los EEUU quienes tienen la hegemonía de este imperialismo; no hay otro proyecto que apunte a limitar el espacio sometido al control de los EEUU; probablemente ello no sea así por razones econmicas, sino simplemente políticas, y antes que nada, militares (dice Alain Badiou: “en los hechos... slo existe el ejército estadounidense”). No hay “mercado mundial” sin imperio militar estadounidense, cosa que no es un secreto sino una declaracin oficial, y que los intelectuales del norte raramente se sienten obligados a mencionar. </P>

<P>Entonces, la mundializacin/globalizacin es una estrategia que apunta a asegurar el control tanto sobre el gobierno econmico del mundo garantizado por instituciones –como la OMC-que son de apariencia internacional pero manejadas por EEUU, como sobre el gobierno político y militar del mundo. Europa y Japn, siguiendo a Amin, no tienen el poder suficiente para competir en estas ambiciones con los EEUU, y sí tienen conciencia de la índole comn de sus intereses fundamentales, que son los del capital dominante. </P>

<P>¿Estamos en una nueva era? A nivel de la cultura, se pueden sealar continuos cambios y transformaciones; pero antes que explicarlos desde la variacin en los estilos y lenguajes, lo central es que ha cambiado la funcin social de los bienes culturales: éstos se han convertido, finalmente, en mercancías (Jameson, 1992). No sería sino el verdadero “cumplimiento” del capitalismo, el hecho de que vivimos el momento más “puro” de éste, cuando ya no existe ningn terreno que no haya sido mercantilizado (ni espacial ni subjetivo). De ahí vendría el llamado fin de las vanguardias (primero las estéticas, cuyo fin sería el inicio del posmodernismo, luego también el de las intelectuales y políticas) que sostenían la crítica cultural al sistema (en cambio, hoy carecemos de un punto de apoyo “objetivo” para la crítica: no hay un afuera del capital). El actual “populismo estético” que adhiere acríticamente a las coordenadas simblicas del sistema slo puede “describir” el rostro “posmoderno” de las sociedades de este capitalismo tardío, en cuya constitucin material los elementos de esta revolucin tecnolgica asumen ciertamente un lugar central. </P>

<P>Quizás por todo ello exista una tentacin de nombrar esta nueva totalidad constituida por las redes tecnolgicas, mediáticas y financieras y su impacto social (la red, la sociedad-red, etc.). Los cambios en la constitucin del mundo del trabajo también colaboraron en forjar esta imagen. Si ya desde los aos ’80 se podía percibir que el crecimiento de la economía de servicios o del tercer sector era mayor que el de la industria, también hicieron lo suyo las nuevas formas de organizacin del trabajo. Pensemos en el enorme impacto subjetivo-identitario que supone el hecho de que desaparezca, en la vida concreta, la idea de una sociedad con pleno empleo y empleo estable, o el que se diluya en un sinfín de puestos transitorios, precarios, flexibles, polifuncionales, y en su lugar crezca la caída del salario real y un desempleo abierto, creciente, estructural. Se quebrasí la representacin de unos sujetos y unas prácticas que habían gozado en el imaginario social de una gran solidez, previsibilidad y legitimidad (lo que Robert Castel denomina la “sociedad salarial”) (Castel, 1997). Sin embargo, quizás se exageren las posibilidades del “trabajo inmaterial” posfordista (en el libro Imperio, publicado a fines del 2001, se enfatiza la articulacin entre los caracteres posmodernos de la nueva fuerza laboral con las capacidades flexibles, informacin, afecto, comunicacin, pero sin percibir que tales características pueden darse a fuerza de una sobreexplotacin del trabajo, de una extorsin mayor sobre los trabajadores, ya que ahora se les exige una implicacin subjetiva mucho mayor con sus tareas, que en el modelo anterior). </P>
</Part>

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<H4>La constitucin de una nueva agenda en la filosofía contemporánea </H4>

<P>El discurso neoliberal instalcomo verdadera una cuestin puramente ideolgica: hizo aparecer la maximizacin de los beneficios privados como la estrategia racional que, por cierto, no asienta en compromisos ni solidaridades colectivas. Su “marco terico” era la imagen del mercado autorregulado, para imponer la idea de que la mejor manera de gestionar la economía era despolitizándola, pero también de que es beneficioso despolitizar la entera vida social. En otras palabras, hacer aparecer a la política como prescindible en un mundo cuya complejidad prohíbe la intervencin pblica eficaz porque, precisamente, el orden social es un resultado no intencional, un ajuste espontáneo entre las preferencias individuales. </P>

<P>Con respecto al Estado, es cierto que en el contexto actual posee menores márgenes de decisin sobre las políticas pblicas (o mejor sería decir que, al fortalecerse su complicidad con los propsitos antisociales del capital, se retira de las funciones “paliativas”, y eso le hace ver como más débil frente a aquellos intereses). Lo mismo puede decirse de la esfera democrática, reducida cada vez más a un mecanismo peridico de legitimacin de los gobiernos, y desplegada en un escenario slo muy débilmente definido por lo social. Y ambos fenmenos contra el cuadro de un aumento de la desigualdad y la exclusin de vastos sectores de la poblacin (sobre todo en los países del capitalismo periférico), lo que indica una retraccin aberrante de la condicin de ciudadanía que se ofrece a las “mayorías silenciosas”. </P>

<P>Parece una retirada de la política, es cierto, pero también puede decirse que estos fenmenos alientan una especie de “repolitizacin” autoritaria (no se legitima a partir de la deliberacin en el espacio pblico ni por el apoyo popular) ejercida por agentes sub-estatales o para-políticos (FMI, BM, OMC...), decisivos en la implantacin de ajustes y demás recetas neoliberales en las periferias, políticas econmicas que han profundizado el grado de concentracin de la propiedad, la fragmentacin y la exclusin social hasta niveles socialmente insostenibles. Pero la falta de legitimidad, sumada al incremento de la conflictividad social, son inequívocos signos de una crisis política de largo alcance: también por debajo de la política, por debajo de las organizaciones multilaterales, las mafias y corporaciones intervienen y colaboran en instalar la sensacin de que “gobernar” va teniendo un significado cada vez más privado. </P>

<P>¿Se apropia la filosofía contemporánea de estas realidades? De la vasta produccin terica actual, nos interesa destacar que luego de los debates e impasses de las décadas previas, se está manifestando cada vez más claramente que estamos ante una crisis del modelo de civilizacin que afecta a las futuras generaciones de manera alarmante. En este marco rescatamos la actual insistencia de dos temas íntimamente relacionados con esta percepcin de la derrota y del peligro: la política y el sujeto. </P>

<P>Foucault había sealado, ya desde Vigilar y castigar, la oscura reciprocidad que hay entre el reconocimiento del derecho y esos poderes minsculos e invisibles del disciplinamiento social... Ambas formas de poder, aunque heterogéneas –Foucault no pretende que haya una “astucia de la razn” que las explique– están superpuestas en la sociedad burguesa: en la superficie, la condicin jurídica del ciudadano, el derecho; por debajo, una serie de coacciones que aseguran en la práctica la sumisin de las fuerzas y los cuerpos. En sus ltimas obras, Foucault sugiere que ya habría un pasaje de estas sociedades disciplinarias a otra forma más compleja y abierta, que explica cmo el contexto “biopolítico” es puesto progresivamente al servicio de una “gubernamentalidad” de las poblaciones que es funcional a la acumulacin capitalista: una gestin de la vida, una administracin y distribucin de lo viviente, un ajuste de los fenmenos de poblacin a los procesos econmicos (Foucault, 1984 y 2006). </P>

<P>Recientemente, el filsofo italiano Giorgio Agamben ha vuelto sobre los pasos de Foucault para abordar la creciente percepcin de que el estado de derecho puede acercarse problemáticamente al “estado de excepcin”, mientras que la criminalizacin de toda disidencia, acompaada de la admonicin moral, reemplaza la hostilidad pblica y reinstalan el concepto de “guerra justa” (Agamben, 2003 y 2001). Agamben registra que actualmente el estado de excepcin ocupa cada vez más el primer plano en nuestro tiempo y tiende a convertirse –como ya lo anticipaba Benjamin– en regla, situacin que se relaciona a su vez con el hecho de que la política misma parece sufrir hoy un eclipse duradero, y que las categorías sobre las que se funden la modernidad (privado/pblico, derecha/izquierda, absolutismo/democracia, etc.) se han ido difuminando hasta entrar en una auténtica zona de indiferenciacin. </P>

<P>Para el italiano, tales reciprocidades entre el poder y las técnicas “policiales” con que el Estado integra el cuidado de la vida natural de los individuos sealan inequívocamente, en una medida desconocida, a una política “totalitaria”. Un hilo conductor para seguir esta deriva con Agamben es el análisis del campo de concentracin. En el régimen nazi, los campos de concentracin se confiaron siempre a las SS (especie de cuerpo de policía especial) y nunca tuvieron relacin con el derecho penal ni con el sistema penitenciario. Estos campos se convirtieron en una realidad permanente; por eso puede decirse que su propia existencia posee un estatuto que quiebra la separacin entre lo normal y lo excepcional: es una porcin de territorio que está fuera del ordenamiento jurídico normal, pero no es un espacio “externo”. Para Agamben, se inaugura así un paradigma político-jurídico en el que cualquier pregunta sobre la legalidad o ilegalidad carece de sentido, y en el que, por ende, “todo es posible”. Paradigma en el que sus habitantes pueden ser reducidos íntegramente a “nuda vida”, a vida desnuda, espacio biopolítico por excelencia donde el ciudadano se convierte en homo sacer: aquél que puede ser asesinado sin que se cometa homicidio y cuya muerte, por esa misma razn, no tiene valor alguno1. </P>

<P>No cuesta nada pensar que precisamente esa es la estructura que hizo su aparicin durante la dictadura militar que arrancen Argentina en 1976; igualmente, es la que opera en el trato que el gobierno estadounidense establece con los detenidos como terroristas, a quienes encierra en campos en Irak, Afganistán o Guantánamo. Detenidos indefinidamente, sin cargos, sin juicio, sin derecho a consejo legal, sin el escrutinio de abogados y jueces, sujetos a humillaciones y vejaciones... No son prisioneros de guerra; recientemente se acula expresin de &quot;combatientes ilegales&quot; para sustraerle al Estado de las obligaciones para con cualquier criminal o prisionero, y así tener en sus manos, sin restriccin alguna, la libertad y la vida de los detenidos. </P>

<P>Figuras actuales menos escandalosas pero ciertas y constantes de homines sacri esto es, de la disociacin entre la ciudadanía política y una mera vida biolgica despojada de todo valor político, son los refugiados2. La separacin entre lo “humanitario” y lo político, que alcanza hoy extremos inusitados como los vistos en Sarajevo, Kosovo, Palestina, Irak y Afganistán, consagra el tratamiento que sobre esa nuda vida pueden ejercer los poderes globales: precisamente, da la legitimacin suficiente a un nuevo “derecho de intervencin” en nombre de cualquier tipo de emergencia y principio ético supuestamente superiores. </P>

<P>En la propia nocin de “guerra contra el terrorismo” que se ha establecido en el horizonte internacional desde el ao 2001, está inscrito todo este paradigma: una extraa guerra en la que se criminaliza al enemigo si éste se defiende y responde a la violencia (como en el caso típico de la Intifada Palestina), y cuya accin requiere una intervencin “pacifista humanitaria” por parte de las potencias occidentales. Para dar una idea de lo lejos que estamos de las guerras </P>

<P>1 El homo sacer es una figura del derecho romano arcaico, que designa a la persona que puede ser asesinada con impunidad pero que no puede ser admitida como víctima consagrada o como parte de algn tipo de ritual: la violencia contra él no significa sacrilegio alguno (Agamben 2003: 93). 2 “…En cuanto quebranta la vieja trinidad Estado-nacin-territorio, el refugiado –esta figura aparentemente marginal– merece ser considerado como la figura central de nuestra historia política” (Agamben 2001). </P>

<P>entre Estados, “ni siquiera es posible imaginarse a una organizacin como la Cruz Roja mediando entre las partes en conflicto, organizando un intercambio de prisioneros, etc., porque una de las partes en conflicto (la fuerza global liderada por EEUU) ya ha asumido el papel de la Cruz Roja, en el sentido de que no se percibe a si mismo como uno de los dos bandos en guerra, sino como agente mediador de la paz y el orden global, aplastando rebeliones y simultáneamente ofreciendo ayuda a la ‘poblacin local’” (Žižek, 2002). En un mismo movimiento, la misma realidad y el mismo poder pueden mostrar su rostro humano y su rostro inhumano: como espetaba sarcásticamente Žižek al comienzo de la guerra contra Afganistán: “Quizás la imagen definitiva de la poblacin local como homo sacer sea la de un avin de guerra norteamericano sobrevolando Afganistán: es imposible saber si va a tirar una bomba o un paquete de comida” (ibídem). </P>

<P>Precisamente a partir del 11 de setiembre del 2001 se dan cita todas estas inversiones de los significados: el paradigma de la guerra es la intervencin policial o la simple venganza, montada sobre un discurso absolutamente vacío y autorreferencial, pero que impone a sangre y fuego su poder. Más precisamente, su poder de rapia sobre las reservas petroleras de Medio Oriente, Balcanes, Asia Central y el Golfo, pero que al venir validado detrás de la excusa de la “guerra contra el terrorismo”, es decir, una excusa absolutamente inconsistente, puede asumir mltiples significados y acarrear “inercias innumerables”, como afirma Alain Badiou (Badiou, 2004). </P>

<P>Este filsofo francés delinea su diagnstico sobre la escena contemporánea conceptualizándola en términos de dos clases de nihilismo, que se entrecruzan y al mismo tiempo se enfrentan: uno, el “nihilismo de la igualdad virtual” es coextensivo al fetichismo del capital, que mientras ensalza la democracia, amplía la desigualdad y convierte a los ciudadanos reales en lo más alejado del demos y la ciudadanía. Pero sigue proclamándose reino de la igualdad, porque se trata de la igualdad formal frente a la mercancía; frente a ésta, todos los significados se diluyen o retroceden, las identidades, las pertenencias sociales, es el verdadero nihilismo: la nada que avanza. El otro nihilismo es el cinismo del poder que se absolutiza, la corrupcin, la brutalidad imperial, una escalada de violencia sin derecho y sin proyecto, y que con justeza ana tanto a Bush como a Bin Laden, los talibán, Saddam Hussein: juegos nihilistas del poder sin finalidad y sin verdad. Finalmente, ¿qué otra hegemonía conviene tanto a estos nihilismos como la estadounidense? Ella tiene todos los condimentos: se ha apropiado del poder del dinero, se enorgullece del desprecio hacia los demás pueblos, de la arrogancia, y todo con una pizca de religiosidad demaggica y un lenguaje moralizante sobre el bien y el mal, etc. </P>

<P>La filosofía tiene que acreditarse como un poder crítico frente a estas maniobras, sobre todo no tiene que permitirse la distraccin de quedar enmaraada en sus manejos, debe sustraerse a las fascinaciones de ese discurso propagandístico, revisando y criticando su inconsistencia, y postulando como verdadera libertad e independencia la resistencia contra su dominio. </P>

<P>Y con ello pasamos al otro pilar de las interrogaciones contemporáneas que nos parecen vitales: el problema del sujeto. Luego de todas las críticas, sobre todo desde Nietzsche y el psicoanálisis, pasando por estructuralismo y postestructuralistas, parece que es menester dar vuelta la página a la mentada “muerte del sujeto”, sobre todo si se tiene en cuenta que no hay política ni resistencia sin sujeto. Dice Alain Badiou: “El deber de la filosofía es claro: reconstituir racionalmente la reserva de infinitud afirmativa que todo proyecto liberador exige”... Semejante tarea requiere pensar de otro modo al sujeto del pensamiento y de la accin. </P>

<P>Paolo Virno ha hecho una exploracin sobre la subjetividad contemporánea, llamando la atencin sobre elementos como la precariedad, la incertidumbre, la fragilidad en la que se socializan los sujetos contemporáneos. Para él la inestabilidad crnica en que se desenvuelve la vida y el trabajo actual conduce a un análisis de la subjetividad muy diferente a la que antao se apelaba con los términos de pueblo o clase. En ese marco emerge la categoría de “multitud”, como una categoría que por una parte, caracteriza mejor esa no-unidad, esa fragmentacin política que aqueja a los fenmenos políticos (crisis de la representacin, crisis de los partidos políticos, desmovilizacin, etc.). Pero por otro lado, la multitud también le permite a Virno relacionar aristas políticas o anti-políticas con el mundo laboral y con los requisitos de los puestos de trabajo flexibles del posfordismo actual (Virno, 2003b). </P>

<P>“La multitud es la pluralidad que persiste como tal en la escena pblica” (Virno, 2003b:11); en la multitud uno no desaparece, no se funde en el Uno (pueblo) sino que permanece siendo singular; multitud son los muchos en tanto que muchos. Esta cualidad es importante para una teoría política contemporánea, subraya Virno, dado que alimenta la posibilidad de una política que no sucumba a la trampa de la representacin y la instrumentalizacin en las instituciones de la democracia burguesa, formal. Su delimitacin de la multitud, además de dar nuevos bríos a la teoría política, se vio como una til herramienta conceptual para pensar los nuevos fenmenos políticos como el movimiento anti-globalizacin, los cacerolazos de Buenos Aires, las asambleas y fábricas recuperadas, etc. </P>

<P>Otro aspecto de su exploracin de la multitud contemporánea es su discusin de la categoría de individuo. Virno tiene en cuenta los estudios de Benjamin sobre la estetizacin de la política en el fascismo de masas, e incluso su idea del proletariado como Mesías que rompe el tiempo histrico: no es entre individuos-átomos que puede reclutarse ese sujeto. Frente al liberalismo, para Virno el singular no es un dato ni un átomo de lo social, sino el resultado del proceso de individuacin: es un éxito, un punto de llegada. Individuos somos luego de una diferenciacin progresiva, que arranca en lo universal genérico, en lo preindividual que nace en la sensibilidad, pasa por la lengua compartida, y pasa, sobre todo, por las relaciones sociales. Los individuos contemporáneos llevan también a sus espaldas esta realidad, son el fruto del pasaje del simple poder-decir a una enunciacin particular “propia”, y el pasaje desde el “intelecto general”, objetivo, extrínseco, al sujeto individuado y singular. </P>

<P>En realidad, “sujeto” es ya la trama de lo preindividual y lo individuado: “Sería un gran error identificar al sujeto con una de sus partes, aquella singularizada. Es, por el contrario, un compuesto: ‘yo’ pero también ‘se’” (Virno, 2003b:80). Por ltimo, la participacin en un colectivo, la experiencia de la vida de grupo, no niega lo singular: al contrario, es el terreno de una individuacin más radical. </P>

<P>Virno decididamente propugna abandonar el desprecio que histricamente la izquierda ha mostrado por esas manifestaciones anárquicas (marginales a la protesta social organizada), a las que el italiano invoca específicamente con la categoría de multitud: en ésta, los singulares no confluyen en el pueblo, polaridad refleja del Estado, y en cambio se comportan a tono con cierta consigna de éxodo o desobediencia civil (Virno, 2003a:68s). Sin embargo, en Virno hay cierta mayor conciencia de las ambigedades que provee esta aproximacin, si lo medimos en relacin con la obra de Toni Negri (Bensaïd, 2005); el cinismo, el oportunismo, el nihilismo... son características que cualifican tanto a los puestos de trabajo como a las “tonalidades emotivas” de la multitud. Y por ello la masa-multitud, puede ser también el lugar de nuevas formas de “fascismo posmoderno” ya que la produccin, al no ofrecer una identidad, se proyecta sobre cualquier aspecto de la experiencia, sometiendo entonces las competencias lingísticas, las inclinaciones éticas, los matices de la subjetividad (Virno, 2003a). Este neofascismo no viene de arriba, sino de las propias formas de vida, de los comportamientos colectivos, de los eventuales “contra-poderes” populares; puede convertirse en el modo en que las clases subalternas exorcicen su dominacin o, por el contrario, confirmen su propio carácter subalterno... </P>

<P>Frente a esos mega-sujetos que son las corporaciones privadas, esos Leviatanes (Boron, 2000) que no se legitiman políticamente, que ejercen el poder sin asumir responsabilidades políticas, cuya accin provoca efectos devastadores en términos de masiva mortandad, agotamiento de recursos, despilfarro y guerra... frente a ello nos parece pertinente articular esta preocupacin por la contraccin de la política, por el incremento del sentimiento de impotencia colectiva, por la merma de nuestra imaginacin utpica. Situacin que es slo neutralizable con más política: esa accin que vuelve a instalar al sujeto humano y sus necesidades como centro. </P>
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<H4>Referencias bibliográficas </H4>

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<P>WOOD, Ellen Meiksins (2001), “Trabajo, clase y estado en el capitalismo global”, en José Seoane, Emilio Taddei (comps), Resistencias mundiales (de Seattle a Porto Alegre). Buenos Aires, Clacso. ŽIŽEK, Slavoj (2002), “¿Estamos en guerra? ¿Tenemos un enemigo?”, texto publicado en The London Review of Books, vol. 24, nm. 10, 23 de mayo de 2002. Título original &quot;Are we in a war? Do we have an enemy?&quot; Traduccin: CSCAweb (www.nodo50.org/csca), 6-06-02. </P>
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<P>Claudia Yarza es Licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de Cuyo; Magister en Ciencias Sociales por FLACSO, docente e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNCuyo, Mendoza, Argentina, en temas de ética y filosofía política contemporánea. </P>
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