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<rdf:Seq>Renan, E. (1987). ¿Qué es una nacin? Cartas a Strauss. Madrid: Alianza. &amp;

Rozzi, M. (2010). La interpretacin filosfica y política de la violencia y lo sagrado de René Girard, y su influencia en la antropología latinoamericana. En Universitas Philosofica, No.55, Ao 27, pp-67-74. &amp;

Schmitt, C. (2001). El concepto de lo político. En Teología Política. Buenos Aíres: Fondo de Cultura Econmica. <rdf:li xml:lang="x-default">D. (Compiladoras). Buenos Aires: Paids. </rdf:li>
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ARTÍCULOS </Figure>

<Part>
<H4>¿O LO UNO O LO OTRO? SOBRE LA POLITIZACIÓN DE LA DIFERENCIA </H4>

<Sect>
<H4>Either One or the Other? On the Politicization of the Difference </H4>

<Sect>
<H5>ALEJANDRO GRANADOS-GARCÍA </H5>

<P>(Pontificia Universidad Javeriana-Bogotá, Colombia) </P>
</Sect>

<Sect>
<H5>Resumen </H5>

<P>En este texto se reflexiona sobre la instrumentalizacin política de la diferencia, a partir del juego categorial del nosotros y los otros, dentro del cual, es susceptible de ser integrada prácticamente cualquier forma de diferenciacin concreta. Este proceso de politizacin de la diferencia atraviesa las sociedades totalitarias, pero también las autodenominadas democráticas, en un continuum de biopolíticas de exclusin y exterminio de lo políticamente peligroso, étnicamente impuro, sexual y moralmente incorrecto o psicolgicamente desviado. Un proceso, que no es ajeno a la cotidianidad de todos. Explorar la diferencia en un juego categorial tan amplio, exige asumir distintas formas de entrar en él y deben abarcar, tanto contextualizaciones histricas, como aspectos psicolgicos, antropolgicos sociolgicos y filosficos que permitan una comprensin compleja. En un primer momento, se exploran distintas formas de entender la politizacin de la diferencia, para posteriormente explorar casos histricos, acciones colectivas, redes y movimientos sociales en los que se pueda observar su emergencia, instrumentalizacin y regulacin. </P>

<P>Palabras clave: politizacin | diferencia | necesidades psicolgicas | </P>

<P>subjetividad | comunidad </P>
</Sect>

<Sect>
<H5>Abstract </H5>

<P>This text presents a dissertation on the political instrumentalization of difference, from the categorial set of ourselves and the others, within is likely to be integrated virtually any form of specific differentiation. This process of politicization of the difference can be found not only in totalitarian societies, but also in the self-called democratic, in a biopolitical continuum of exclusion and extermination of the politically dangerous, ethnically impure, sexually and morally incorrect or psychologically deviated. A process that is not strange to the daily lives of everyone. To explore the difference in a categorial set as broad as the one formulated, demands to take different ways of assuming it, and should cover historical contextualization, as well as psychological, anthropological, sociological and philosophical aspects that allow complex comprehensions. At first, we explore different ways of understanding the politicization of the difference, and then, historical cases that allow observing its emergence, instrumentalization and regulation. Psychological </P>

<P>Keywords: Politicization | Difference | Psychological Needs | Subjectivity </P>

<P>| Community </P>
</Sect>

<Sect>
<H4>1. Introduccin </H4>

<P>La diferencia que motiva la presente reflexin se puede aprehender desde el juego categorial del nosotros vs los otros. Se refiere a la instrumentalizacin política de la diferencia como herramienta de cohesin de una comunidad (independiente de su tamao y extensin). La razn para escoger la forma más política de diferencia es que en cierta medida, atraviesa otras posibles configuraciones diferenciales. En otras palabras, bajo la categoría política de los otros, caben desde los anormales configurados por los discursos disciplinares de la medicina y la psiquiatría, hasta el terrorista, pasando por el infiel, el bárbaro, el extranjero/inmigrante, el judío, el indigente, el pobre, el homosexual, el negro </P>

<P>o el amarillo, etc. </P>

<P>Adicionalmente, mi interés por este juego categorial está dado porque en los tiempos modernos que nos preceden y que hoy nos configuran, la diferenciacin política de los otros ha derivado en eliminaciones sistemáticas y burocráticas que Hannah Arendt (1999) conceptualizen la nocin de la banalidad del mal. Siguiendo en esto a Arendt, se puede decir que el impacto de los horrores vivos del siglo XX se debieron, menos a la incontable e impresionante acumulacin de cadáveres (que se suman a los acumulados a lo largo de la historia humana de las diferencias), que al funcionamiento de una perfeccionada máquina de muerte. </P>

<P>La categoría política de los otros, siguiendo a Deleuze (1998) y Foucault (2000), se puede ver como sintomatología del poder, pudiendo llegar a configurarse como una grave enfermedad o perversin del deseo gregario que no es exclusiva del fascismo, el nazismo o el estalinismo. Seg lo anterior, se puede decir que los hechos de dominacin, las prácticas de sometimiento y exclusin ancladas en discursos de diferenciacin, no son específicas de los totalitarismos, también atraviesan las sociedades llamadas democráticas. La superproduccin del poder que caracteriza a las sociedades modernas, industriales y desarrolladas se manifiesta con toda su desnudez y monstruosidad en el nazismo, pero también en Guantánamo, en Afganistán, en los países de la antigua Yugoeslavia, en la frontera entre México y Estados Unidos, en las dictaduras del cono Sur, en Suráfrica, en mtiples poblaciones y periferias colombianas, y en distinta medida, en las cotidianidades de cada uno de nosotros. </P>

<P>Tanto Foucault (2000) como Deleuze (1998) demuestran que los totalitarismos no hicieron más que prolongar una serie de mecanismos, representaciones, legitimaciones, significados y prácticas que ya existían en los sistemas sociales y políticos de Occidente. Dichas formas políticas utilizaron las ideas y los procedimientos de nuestra racionalidad política, una racionalidad atravesada y configurada, en gran medida, por el establecimiento de la diferencia. Foucault (2000) como tantos otros, advierte la continuidad del fascismo en las biopolíticas de exclusin y exterminio de lo políticamente peligroso, étnicamente impuro, sexual y moralmente incorrecto o psicolgicamente desviado. </P>

<P>En síntesis, la diferencia política de los otros podría llenarse prácticamente con cualquier contenido y adquirir una forma determinada seg el contexto, la época y las particularidades de la comunidad o configuracin socio-política en la que emerja. Una consideracin que no podemos desconocer, es que la diferenciacin política no emana de una fuente trascendente a la sociedad, sino que como bien dijeron Deleuze (1998) y Foucault (2000) a propsito del nazismo, es la expresin, la continuacin, exacerbacin e instrumentacin de un entramado de lenguajes, símbolos, creencias, prejuicios, prácticas, interpretaciones, etc., que se despliegan en la cotidianidad de todos. </P>

<P>Explorar la diferencia en un juego categorial tan amplio como el de nosotros-los otros, exige explorar distintas formas de entrar en él, que abarquen tanto contextualizaciones histricas como aspectos psicolgicos, antropolgicos y filosficos que intervienen. El punto de partida en este caso, serán las formas de entender la politizacin de la diferencia, para posteriormente explorar casos histricos en que se pueda observar su emergencia e instrumentalizacin. </P>
</Sect>

<Sect>
<H4>2. De la mismidad a la diferencia: una genealogía del yo </H4>

<P>Lo primero que podemos hacer para evitar naufragar en un mar de particularidades histricas o en un universo etéreo de nociones y definiciones, es entender que la diferencia no puede reducirse a ningn concepto; es más un nombre para aquello que nos sale al paso en el momento en que tratamos de entender experiencias sociales que parecen inmersas en el sinsentido, en el caos, en la contingencia, en la entropía, en el devorar y el ser devorado, en un agujero negro de la existencia social en el que parecen colapsar todas las razones para juntarnos con otros seres humanos. Es decir, la diferencia no slo denota lo diferente o el no-yo, en este caso, es una puerta de entrada para analizar y comprender los fenmenos sociales y la configuracin social de lo humano, en casos en que la lgica de dicha configuracin entraa y conlleva la exclusin, la discriminacin y en su extremo recurrente, la aniquilacin de los otros. </P>

<P>Pero paradjicamente, el punto de entrada a la diferencia puede ser la mismidad. Y es que de ella se parte para comenzar a diferenciarnos y poner aquello que nos atemoriza en lo otro. Aquí parto de la antropología negativa o antropología del miedo de Thomas Hobbes (2007), para quien aquello que convertía a los hombres en un peligro para ellos mismos y para los demás, no era una naturaleza inconsciente o el repertorio instintivo, sino antes bien, su conciencia. Somos conscientes de nuestros apetitos y necesidades, así como de la capacidad que tenemos para procurárnoslos, pero también somos conscientes igualmente, que los otros individuos tienen la misma forma de consciencia sobre sus respectivas necesidades y capacidades. A partir de esta excogitacin o exteriorizacin de la propia mismidad en el otro, es que aquel emerge como lo amenazante, como mi lobo personal, hecho a mi imagen y semejanza. </P>

<P>Entonces, surge la exigencia de poder para asegurar mi futuro y mi prevalencia sobre la mismidad del otro. Pero los otros tienen la misma aspiracin apelando a las mismas razones, y así, siendo dinámico, el poder termina creciendo ilimitadamente y queriendo más de sí mismo. La solucin Hobbesiana del contrato, implica que cada uno entregue su poder a uno slo, a una bestia mitolgica llamada Leviatán cuya acepcin moderna es la de Estado. </P>

<P>En el fondo de esta mitología Hobbesiana del Estado, está el problema de la autoafirmacin a través de una instancia colectiva, autoafirmacin paradjica porque el poder del Estado hace iguales a muchos, a través de la pérdida de la soberanía individual. Esta contradiccin parece no permitir que la historia de la humanidad se detenga y se aquiete en la cristalizacin del Estado soberano y su poder nivelador-homogeneizador, pues en el proceso, deja latente la necesidad de autoafirmarse. </P>

<P>En otras palabras, si bien el Estado sirve al interés colectivo de la supervivencia y de reducir al máximo las posibilidades de una guerra civil-intestina, colisiona con otra necesidad fundamental que se fundamenta en el hecho de ser animales conscientes. Al tener conciencia de nosotros mismos, podemos compararnos con los otros, y al compararnos debemos ser diferentes a fin de ser nosotros mismos. Con lo anterior, se puede dar una contra-afirmacin a la formula Cartesiana del cogito ergo sum, al decir que soy en tanto me distingo, en tanto me diferencio. Ahora bien, el problema no se agota en conocer mi diferencia de los otros, sino que buscamos que esa diferencia sea a nuestro favor. Parece emerger entonces, un mayor sentimiento de reconocimiento y gratificacin al diferenciarnos en tanto que sobresalimos. </P>

<P>En este punto hago un paréntesis para hablar sucintamente de otra forma en que el Estado (y la sociedad en general) se vincula con el proceso de la diferenciacin. Y es que el Estado, la sociedad y la cultura, pueden entenderse como máquinas de inmortalidad. Funcionan como remedios simblicos contra la certeza de la muerte que borra toda diferencia personal y lo iguala todo. La sociedad y sus productos (instituciones, lenguajes, personas, etc.), ofrecen jerarquías, la posibilidad de distinguirse, de ser reconocido y admirado por los demás. Así, la propia muerte y la de los demás deja de ser algo sin sentido y pasa a ser una de las formas que tiene el individuo para apostar voluntariamente por lo que no muere, por aquello que colectivamente representa la negacin de la muerte, la trascendencia en algo que va a permanecer tras nuestra partida. </P>

<P>Continuando con el hilo reflexivo, hay que decir que el problema de la supervivencia colectiva quedatrás y nos adentramos en la problemática de las necesidades psicolgicas de reconocimiento, de distincin del yo, y en fin, de la propia subjetivacin. Con lo cual, se puede decir que una genealogía del nosotros está atravesada por una genealogía del yo, y ninguna de las dos puede entenderse fuera de un contexto y un tiempo en el que ocurren de una determinada manera. </P>

<P>El ser humano a diferencia del resto de especies animales, parece tener la exclusiva posibilidad de configurarse singularmente, en un proceso atravesado por lo social y por la capacidad de agencia y auto-configuracin. Luego el problema no es la diferencia, que es constitutiva y condicin de la formacin-conquista de lo humano, antes bien, el problema realmente es la voluntad de coaccionarla, de avasallarla, de eliminarla. Muchas de las diferencias pueden ser obvias y saltar a la vista, pero independientemente de esto, todas aparecen atravesadas por una excogitacin, por una exteriorizacin de los individuos que significan esa diferencia y la valoran positiva o negativamente. </P>
</Sect>

<Sect>
<H4>3. La genealogía del nosotros: de la comunidad a la nacin </H4>

<P>Dentro de la configuracin del Estado, así como en el establecimiento de pequeas comunidades o vastos imperios, la lucha por la autoafirmacin individual, se transforma en un problema colectivo. De esta forma, la diferencia se politiza, como ocurre igual y consecuentemente, cuando un grupo de individuos la utilizan para cohesionar la comunidad y justificar un determinado orden social. La politizacin de la vida, sin importar el marco o sistema político en que se lleve a cabo, ha entraado una lgica de definiciones, de establecimiento de límites, tanto así, que Carl Schmitt (2001) en su texto “El concepto de lo político”, identifica la esencia de lo político como la produccin de distinciones entre amigos y enemigos. El enemigo es el otro, el extranjero, pero siempre es un enemigo plico, no privado. Dicha forma de distincin es un principio de afirmacin del nosotros. </P>

<P>René Girard, en su libro “La violencia y lo sagrado”, ofrece una forma de entender la configuracin de la comunidad, como una com-unidad, a partir de su tesis sobre cmo el sacrificio está en el origen de todas las sociedades. Siguiendo a Rozzi (2010), en definitiva, la cohesin de una comunidad se logra gracias a un principio sacrificial, a costa de una víctima arbitraria, de un chivo expiatorio. Esta dimensin de violencia es negada por quienes la realizan y gracias a este desconocimiento, el proceso de cohesin de la comunidad resulta eficaz. Así, el principio sacrificial, la eliminacin de un miembro de la propia o de otra comunidad, funciona como un principio fundamental del orden humano, ya que los hombres tienen cierta tendencia a derivar su violencia en otros. </P>

<P>En consecuencia, se puede decir que el hombre no se encuentra totalmente libre de buscar chivos expiatorios en las más diversas actividades, incluso en aquellas disciplinas que abogan por el bien com, como la política; o por el desarrollo material de los pueblos, como la economía; o aquella que es la abanderada de la razn, la filosofía. Esta tendencia a configurar chivos expiatorios, nos garantizaría una zona de seguridad, una zona de paz, un orden restablecido que se erige sobre las ruinas sacrificiales (Rozzi, 2010). Esto lo podemos ver en nuestro país, cuando a todos nos unen de forma casi fugaz, en contra de un grupo armado, un asesino y violador en serie o un técnico de fbol, entre otros, en un proceso orquestado e instrumentalizado por medios de comunicacin y sectores de la clase política. </P>

<P>El chivo expiatorio en general y en concreto, es la diferencia. Girard nos permite seguir comprendiendo la forma en que la diferencia funciona para cohesionar comunidades, garantizar y restaurar rdenes; a partir de actos materiales y simblicos de violencia sacrificial dirigida contra los otros. Por medio del chivo expiatorio, se expulsa lo indeseado de la comunidad, se establece un lugar com de aquello que no es el grupo político, de aquello que hay que temer, desconfiar y en tima instancia, defenestrar o eliminar si se asume como necesario. </P>

<P>La tesis de Girard es compartida por Edgar Morin (2006) en su libro “Breve historia de la barbarie en occidente”. En éste libro, Morin analiza de qué manera la barbarie toma forma y se desencadena con la civilizacin, argumentando el fuerte vínculo que les ha unido a través de la historia. De igual forma, el autor se refiere a la lgica del chivo expiatorio de Girard y muestra como ha servido como cimiento de mtiples y diversos sentimientos nacionales. A partir de esto, podemos entraren un contexto que permite pensar el juego categorial propuesto del nosotros y los otros, este es, la construccin de naciones y su dinámica relacional con el Estado. </P>

<P>En un proceso de configuracin y emergencia genérico, que implica la pacificacin de las sociedades divididas por diferencias de religin, raza, idioma, proyectos de futuro y visiones del mundo, el Estado se encuentra con el problema de cmo manejar las diferencias que coexisten en el marco de su territorio y de su poblacin. </P>

<P>Ernest Renan (1987), dice que no basta la raza, el lenguaje, la religin, la geografía o la comunidad de intereses para establecer una nacionalidad moderna. Todos estos elementos generan unin, vínculos y lazos, pero en sí, una nacin es un alma que viene del pasado y un principio espiritual que se erige en el presente. En sus palabras, “la una es la posesin en com de un rico legado de recuerdos; la otra es el consentimiento actual, el deseo de vivir juntos, la voluntad de continuar haciendo valer la herencia que se ha recibido” (Renan, 1987, pg. 82). </P>

<P>De igual forma dirá Renan, en conformidad implícita con lo anteriormente planteado desde la tesis de Girard, que “una nacin es pues una gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los sacrificios que se han hecho y los sacrificios que todavía se está dispuesto a hacer. Supone un pasado y un presente constituido por el deseo claramente expresado de una vida en com” (Renan, 1987, pg.82). </P>

<P>En lo anterior puede observarse que Renan deja de lado dos aspectos fundamentales presentes en toda sociedad. En primer lugar, que no todos comparten un mismo pasado y futuro com, y en esa medida, que en no pocas ocasiones coexisten perspectivas antagnicas y difíciles de articular o reconciliar. En segundo lugar, el autor asume una posicin diáfana y voluntaria en cada uno de los miembros que componen la nacin. </P>

<P>Con esto, Renan deja de lado la complejidad del hecho de que llegar al mundo es llegar a nuestro mundo, al mundo de los humanos. Estar en el mundo es estar entre humanos, vivir en sociedad, ya sea para lo bueno o para lo malo seg hemos visto. Nacemos en una sociedad que nos rodea y empapa, que nos irá dando forma, a través de la formacin/de-formacin de los hábitos de nuestra mente y las destrezas o rutinas de nuestro cuerpo. Y es una sociedad que no slo se compone de personas, objetos y edificios, sino que se erige como una red de lazos más sutiles, compuestos y articulados por los juegos del lenguaje (elemento humanizador por excelencia), por la memoria compartida, por costumbres, leyes, obligaciones y fiestas, prohibiciones, premios y castigos. </P>

<P>Con lo anterior se quiere argumentar, que nuestra asociacin y vinculacin a una nacin, o a un proyecto nacional no es tan voluntaria como asume Renan. En pocas palabras, no es algo connatural sino una configuracin social de la subjetividad. Esto lo han experimentado y lo pueden experimentar todos aquellos que de alguna u otra forma se han opuesto, desviado o en ltimas diferenciado, ante el principio espiritual de pasado y futuro com con el que Renan conceptualiza la nacin. La pertenencia deja de ser un problema voluntario y queda atravesada por lgicas de inclusin-exclusin. </P>

<P>El Estado moderno no se encuentra con un nico principio espiritual, se encuentra en timas, con mtiples naciones en su interior y alrededor suyo. Es más, el Estado está compuesto por estos mismos individuos que hacen parte de uno u otro sentir nacional. Aun así, la organizacin política debe cohesionar, debe pacificar la sociedad y el criterio que se utiliza lo largo del proceso de formacin estatal en Europa y en todo país al cual se extendimimética o bélicamente su modelo, fue aquel derivado del principio espiritual que logrdominar e instrumentalizar el aparato político. Es decir, la nacin de los vencedores. </P>

<P>A diferencia de la forma política del Imperio (Alejandrino, Romano, Otomano, Persa, etc.), el Estado no pretendide entrada buscar un grado importante de convivencia con la diversidad, antes bien, se organizentorno a la lgica de lo uno, es decir, en referencia a los elementos de mismidad que permitieran una mayor cohesin y que representaran las características de los grupos e individuos dominantes. Estoy hablando de la actividad integradora del Estado-nacin que unifica en una identidad nacional com a sus elementos diversos. </P>

<P>Morin (2006), seala que la nacin, como invencin Europea y moderna, se construyentonces, y en un principio, sobre la base de una purificacin étnico-religiosa. Hoy en día se puede observar fácilmente la equimosis o el doloroso resentimiento que dejy an deja este proceso de integracin. Basta con dar una mirada al “país vasco” y las luchas de grupos separatistas que buscan impedir que su nacin siga indiferenciada y supeditada a la constitucional nacin Espaola. En la antigua Yugoslavia, la caída del imperio Otomano al término de la primera guerra mundial, dejhuérfanas a una pléyade de naciones (serbios, croatas, albaneses, bosnios, etc.), a las cuales se les introdujo el imperativo de constituirse en un solo Estado. Situacin que exploten las timas décadas del siglo XX y que permitiregistrar un caso más de las barbaries de la unificacin o integracin estatalizadora de la nacin. Otro caso es el de Ruanda y la lucha entre Hutus y Tutsis por hacer un estado a imagen, semejanza y provecho de su propia nacin. En el caso de Irak, los estadounidenses no han logrado configurar un Estado al modelo occidental, en un país en el que conviven tantas naciones (kurdos, Chiitas, árabes, cristianos, suníes, etc.) y que en tiempos de Saddam era dominado por la minoría Suní. </P>

<P>En el caso Colombiano, la nacin se fue construyendo a lo largo del S.XIX, desde los parámetros de las élites capitalinas y de algunos pueblos grandes de ese entonces. La nacin santaferea excluy, al menos legal o constitucionalmente, a los no catlicos, a los que no hablaban castellano, a los indígenas, a los nios, a las mujeres, a los que no tenían una renta determinada y a una gran diversidad de minorías; hasta que la constitucin de 1991 dio importantes pasos para el reconocimiento de una nacin pluralista (Bushnell, 2007). El modelo colombiano decimonnico, que se extiende a lo largo del siglo XX, intenta reproducir la idea moderna de la nacin: integracin de etnias a través de la educacin, la laicidad, los medios de comunicacin, el desarrollo de rutas y ferrocarriles y con el elemento siempre presente de la guerra. Las guerras son integradoras porque unen ante el enemigo, a las etnias o grupos humanos más diversos, en el seno de una comunidad patritica. </P>

<P>En este punto es importante reflexionar sobre la nacin pluralista y dejar abierta la siguiente pregunta: ¿hasta qué punto, en el marco de la práctica cotidiana de la pluralidad y más allá de los discursos constitucionales, se celebra la diferencia y se valora la importancia de su existencia, o por el contrario, simplemente se la tolera a falta de armas jurídicas que permitan excluirla o supeditarla impunemente? Las prácticas evidenciadas en el marco del conflicto armado colombiano, sugieren que ante la ausencia del poder vinculante y sancionador del Estado, se genera una excepcionalidad que abre un espacio de facto, en el cual los distintos actores, incluyendo a los representantes del Estado, se permiten instrumentalizar y operar sobre la diferencia, dentro de las lgicas aniquiladoras del conflicto. </P>

<P>Ahora, retomando el curso histrico de los intentos por configurar una nacin colombiana, se observa que desde su independencia (e incluso antes y durante la misma), Colombia atestigula lucha entre grupos políticos (conservadores y liberales), que buscaban agrupar el país entero bajo su bandera; excluyendo de su sombra a mtiples grupos, algunos de los cuales posteriormente se alzarían en armas contra el proceso de inclusin por exclusin. Como una muestra de la continuidad histrica de dicha forma de construir nacin, estos grupos excluidos se erigen hoy, como el chivo expiatorio en torno al cual, se une parte de la sociedad y de las distintas banderas políticas, en la condenacin de los terroristas. No digo toda la sociedad, porque como en un principio y siempre por los siglos de los siglos…, la integracin sigue siendo la cara de una moneda cuyo anverso es la exclusin (política, econmica, social, religiosa, cultural, etc.). Sin embargo, se quiere resaltar la forma en que un otro se configura políticamente como el terrorista y desde ahí, se generan procesos de inclusin y exclusin. </P>

<P>Con lo dicho, no pueden desconocerse las intensiones, intereses y necesidades que satisfacen los grupos excluidos y que en parte, podrían legitimar su exclusin. Esto hace referencia por ejemplo, a las violencias ejercidas por estos grupos contra la poblacin civil, actividades que llevarían a su exclusin del marco de una comunidad basada en el respeto y la proteccin del otro. </P>
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<H4>4. Una síntesis antes de continuar </H4>

<P>Para sintetizar lo anteriormente dicho, se puede recoger la idea que se ha tratado demostrar, y es que la diferencia se erige como una categoría política, que se instrumentaliza con el fin de construir una comunidad, una sociedad o un Estado. La diferencia, que existe tanto en el interior como en el exterior de la comunidad, se toma como el referente de delimitacin de un afuera y un adentro del grupo, de un nosotros y de un los otros. Y este proceso en la mayoría de los casos a través del tiempo, ha resultado en graves perjuicios en contra de lo diferente, de lo otro. </P>

<P>Ahora, si bien la diferencia per se no es “mala”, siendo condicin y expresin de lo humano socialmente construido y conquistado, pero sí se mueve en una línea muy delgada que se activa como divisoria, en el momento en que se toma como un medio para unificar, configurar e identificar comunidades y formas políticas basadas en el miedo y el ritual violento del sacrificio en pro del alma o principio espiritual de la gran solidaridad. Un miedo que parte de reconocer la propia mismidad, el yo y su libertad, y que deriva en un miedo a la libertad de los otros. Ante el miedo y la angustia que nos producen los otros en general, tratamos de homogeneizarlos, de avasallarlos, de quitarles cualquier poder con el que puedan perjudicarnos. Siguiendo a Morin (2006), se puede decir que las sociedades políticas modernas se han configurado en torno a ideas delirantes de contenido paranoide, y la diferencia, con sus chivos expiatorios, se convierte en el objetivo de un Homo demens que delira, que odia y desprecia la alteridad. </P>

<P>Vemos cmo en el fondo de la discusin se mueven elementos que van desde las necesidades psicolgicas de identidad, reconocimiento y subjetivacin, pasando por la definicin de lo humano y lo inhumano (categoría que constantemente es llenada por ejemplos y expresiones de la diferencia), hasta la posibilidad de vivir en comunidades que cada vez se hacen más complejas, dinámicas y diversas. En ltima instancia, el problema de la definicin y politizacin de la diferencia alberga una gran tensin entre su exclusin, su discriminacin, su aceptacin, su tolerancia y su celebracin. Y si bien, la reflexin se desarrollen un contexto macro-histrico, no se puede olvidar la advertencia inicial sobre como el juego de la diferencia lo jugamos todos, en distintos niveles y no podemos desvincularnos de él, como tampoco nos van a desvincular, en la medida en que siempre, en distintos momentos y en distintas formas, cada uno de nosotros ocupa inevitablemente la categoría del diferente, del otro. </P>
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<H4>5. Mecanismos que regulan la diferencia politizada </H4>

<P>A continuacin expongo algunas formas de regulacin que las sociedades han establecido para manejar la diferencia politizada, en el marco de la construccin </P>

<P>de Estados y de un “orden político mundial”. En primer lugar, exploro mecanismos de regulacin que han ido en perjuicio de la diferencia en uno u otro sentido, para luego exponer otros mecanismos que buscan proteger, reconocer y celebrar las diferencias. Con este fin, es necesario como primera medida presentar alguna claridad sobre qué se puede entender por un discurso, ya que bajo esta nocin se entenderán y trabajarán los mecanismos de regulacin. Por discurso, siguiendo a Foucault (1984 y 1987), se entiende un conjunto de prácticas y construcciones lingsticas que forman sistemáticamente los objetos de los que hablan, teniendo un contexto de produccin determinado. En la produccin del discurso se ponen en circulacin estrategias, intervenciones y enunciados (en detrimento de otros), para definir y caracterizar un determinado objeto. El objeto en este caso, es la diferencia. </P>

<P>Ahora bien, en la medida en que se dijo anteriormente que bajo el juego categorial de la diferencia politizada podría caber casi cualquier forma concreta de diferenciacin, es importante aclarar que aquellas diferencias relevantes para esta reflexin se caracterizan por: ser o haber sido instrumentalizadas por dirigentes, élites u otro tipo de encarnacin de la forma política (estatal y nacional) en contextos concretos. Cuando hablo de instrumentalizacin de la diferencia me refiero a que es utilizada como un medio para conseguir los fines políticos que se desean. En esa medida, un político que defiende o reivindica la diferencia, también la estaría instrumentalizando con fines electorales y de construir su imagen política. En pocas palabras, la politizacin de la diferencia no slo tiene connotaciones negativas, como tal vez ha predominado en lo corrido de la reflexin. </P>

<P>Entrando ya en las formas de regulacin, encontramos en primer lugar, los discursos religiosos. Las grandes religiones monoteístas no se han caracterizado por la tolerancia, la aceptacin o celebracin de la diferencia. Antes bien, la emergencia del Estado moderno se debe en gran medida a las guerras de religin que desembocan en la paz de Westfalia (1648). La idea de un ico Dios creador y fundamento del mundo, dotado de características muy particulares (en general antropomrficas), con una historia singular en su relacin con la humanidad y unas formas adecuadas y reguladas de creer en él (descritas por ejemplo en los grandes libros de las religiones), entre otros; son aspectos que delimitan y aíslan a las religiones y sus creyentes. Casi lgicamente, aceptar la diferencia y la posible validez de otra postura religiosa diferente a la mía, es una forma que relativizaría e invalidaría mis creencias, especialmente cuando en sí mismas se definen como las icas verdaderas y legítimas. </P>

<P>De igual forma a como sucede con las diferencias religiosas, ocurre con las prácticas, creencias, saberes, ritos, tabs, significados, símbolos, idiomas, razas, etc., que pueden constituir una cultura o grupo humano. El problema en todos estos casos, emerge cuando alguna expresin cultural o religiosa, se expresa con mayor poder o predominancia en la forma política que las agrupa. El Estado moderno después de la revolucin francesa y la auto-coronacin de Napolen, se vinculal ideal laico de la modernidad. A así, son más bien pocos los casos en que el principio de laicidad predomina en decisiones políticas, como hemos podido atestiguarlo en nuestro país a propsito de las discusiones sobre el aborto, los derechos y el reconocimiento civil de las parejas homosexuales y a de las minorías indígenas y afros, entre otras. </P>

<P>Evidentemente se pueden encontrar casos en los que la politizacin de una diferencia se inclina predominantemente a favor de una expresin particular, con la consecuencia de procesos de exclusin que generan una violenta reaccin por parte de los excluidos. El caso irlandés y su particular guerra religiosa, terminen una divisin del país en dos (Irlanda del Norte e Irlanda del Sur), así como más recientemente ocurricon la creacin de Sudán del Sur a partir de fuertes diferencias religioso-culturales. En estos, como en otros casos, un grupo religioso o cultural asumiel control del Estado e impuso sus condiciones de opresin a los otros grupos. </P>

<P>A partir de lo anterior, se puede hablar de las formas de regulacin jurídicas, que a partir de leyes, normas y constituciones, introducen la diferencia en el ordenamiento jurídico-político, reconociéndola y administrándola de una determinada manera. Evidentemente, en los regímenes de exclusin en los cuales el principio moderno del Estado laico no está presente, las leyes favorecen al grupo dominante. Pero en otros casos, han permitido proteger los derechos del diferente, introduciendo sanciones y obligaciones para su reconocimiento y respeto. </P>

<P>En el preámbulo y el Artículo 1 de la constitucin nacional, se observa una clara tensin entre el reconocimiento de la diferencia y la preeminencia de una forma particular de ella. Se habla de un Estado social de derecho pluralista que defiende la igualdad de derecho de todos sus habitantes, a la vez que se invoca la proteccin de Dios. Precisamente, la proteccin de Dios se puede perder en el caso de legislar a favor de sus “enemigos” condenados por el Vaticano, como lo son los homosexuales y aquellas personas que deciden abortar por la razn que sea. </P>

<P>Aun así, se encuentran cada vez más esfuerzos legislativos en Colombia, pero principalmente en otros países, para reconocer y proteger la expresin de la diferencia. Entramos así en terrenos poco comunes de una politizacin positiva de lo diferente. Algunos ejemplos se encuentran en la declaracin de los derechos humanos de la ONU, en la universal de la UNESCO sobre la diversidad cultural y en el protocolo de Roma y su condena a los crímenes de genocidio y persecucin de la diferencia. De igual forma, aparecen en el marco de la posmodernidad o modernidad reflexiva, discursos desde la filosofía, la antropología y otras ciencias, que buscan ir más allá de la tolerancia negativa o por miedo a la sancin, para adentrarse en el terreno casi inhspito de la celebracin de la diferencia. </P>

<P>Las formas de regulacin de las que se ha hablado hasta el momento, entraan también una funcin de legitimacin-deslegitimacin de la diferencia. En principio, todo discurso que enuncia una diferencia, que la define, que la visibiliza, la está legitimando, la está reconociendo como algo existente. Seg el hilo reflexivo anteriormente desarrollado, la diferencia se establece en un proceso auto-afirmativo, en el cual, la legitimo para legitimarme a mí mismo. Es un ejercicio de salir de mí, pasar por el otro y regresar con una mayor conciencia de lo que soy. </P>

<P>En la “Fenomenología del espíritu”, y en específico en especial en la dialéctica del amo y el esclavo, Hegel (2006) presenta el proceso que lleva a la configuracin de la conciencia de sí, atravesada por la conciencia del otro, en el desarrollo (dialéctico) de una lucha entre conciencias que desean el reconocimiento del otro. En tima instancia, la reflexin sobre la politizacin de la diferencia puede leerse desde los postulados de Hegel, de manera muy cercana a lo dicho por Hobbes, como un proceso en el cual, una consciencia desea el reconocimiento de otra consciencia como su superior. Sin embargo, vemos como Hegel advierte la insatisfaccin de aquella consciencia erigida como amo, ante el reconocimiento ofrecido por alguien en quien el miedo a morir supersu deseo de reconocimiento, es decir, un esclavo. Desde una interpretacin histrica y psicolgica, podría pensarse que la frustracin del amo por el tipo de reconocimiento que obtiene de la conciencia vencida, lo lleva paradjicamente a buscar enaltecer o engrandecer esa figura del otro, del esclavo que deviene enemigo, con el fin de tener un referente de auto-reconocimiento más válido. Un auto reconocimiento que, siguiendo a Morin, al pasar necesariamente2 por algo exterior, se transforma en auto-exoreconocimiento. No en vano Hitler en “Mi Lucha” (2002), enaltecía ciertas características y habilidades que atribuía a la raza judía, presentándola en consecuencia, como un enemigo altamente peligroso de la raza aria. </P>

<P>Ahora bien, buscando un anclaje en lo cotidiano, podemos ver desde las pautas de crianza que el mundo humano se va ordenando en torno a ir construyendo diferencias-identidades de raza, clase, género, religin, etc. Sin embargo, los puentes de reconocimiento y valoracin positiva del otro son escasos frente al mar de diferencias que creamos. Gastamos tanto tiempo y recursos diferenciándonos, que la posibilidad de identificarnos pasa por ver en el otro pequeos o grandes reflejos de lo que soy (reconocimiento narcisista), perdiendo de vista aquello que me puede complementar, problematizar e incluso desbordar. </P>

<P>Aquí entra en juego el imperativo moderno de la configuracin del individuo como una personalidad unificada, claramente establecida y delimitada. Lo mltiple se psicopatologíza y se atraviesa con discursos de anormalidad, de animalidad, de peligrosidad. Los lugares de sentido de lo diferente siempre se externalizan, pero la capacidad auto-crítica y auto-reflexiva de entenderse y verse también como un posible lugar de la diferencia, está preocupantemente ausente </P>
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<H4>6. Diferencia politizada: accin colectiva, redes y movimientos sociales </H4>

<P>Por otro lado, las formas de regulacin y legitimacin o des-legitimacin de la diferencia se han traducido en ejercicios de accin colectiva, tanto por parte de aquellos que buscan defender y reivindicar sus diferencias, como de aquellos que buscan excluirlas de la comunidad. Observamos entonces, asociaciones, manifestaciones, presiones políticas e incluso armadas por parte de grupos LGBT, minorías étnico-raciales y religiosas que van; desde las marchas del orgullo gay, las resistencias civiles a ser involucrados en el conflicto bajo el rotulo diferencial de guerrillero o paramilitar, las expresiones culturales de los afro descendientes, los grupos por la igualdad de género, hasta casos internacionales como los de grupos fundamentalistas que ven amenazada su singularidad étnico-religiosa, en el proceso de neo-colonizacin por parte del occidente cristiano, democrático y capitalista. </P>

<P>Pero así mismo, se pueden observar acciones colectivas como las marchas xenfobas en Europa, el surgimiento de grupos neonazis en países tan distantes como Noruega y Colombia, o el lobby político de grupos de presin que buscan impedir la ampliacin del reconocimiento jurídico de la diferencia. Con lo anterior, se quiere presentar distintas expresiones sociales del manejo positivo o negativo de las diferencias. En este punto es relevante presentar una sucinta conceptualizacin sobre dichas expresiones sociales, no con el fin de ubicarlas tericamente en una u otra categoría que termine diciendo mucho y nada a la vez, sino para dar cuenta de la complejidad y el dinamismo con que una sociedad se organiza y act alrededor de la politizacin de la diferencia. De esta forma nos movemos más allá del terreno político formal del Estado, para adentrarnos en el más acá del terreno social, cultural y comunitario en el que también entran en juego las diferencias politizadas. </P>

<P>En primer lugar, es necesario tener presente que cualquier ejercicio que pretenda conceptualizar los fenmenos humanos debe partir de una postura de humildad ética, que reconozca que una organizacin social o el mundo individual de las personas, siguiendo a Marcelo Pakman (1995), será siempre más que aquello que le atribuimos al pensarlo. Por lo tanto, describir expresiones sociales del manejo de la diferencia, más allá de ponerles la zapatilla de cenicienta, ya sea en términos de accin colectiva, red o movimiento social, lo que está implicado siguiendo de nuevo a Pakman, es la oportunidad para la reflexin sobre lo social tal como es experimentado en las prácticas cotidianas. Reflexin que además de permitir comprender las lgicas, dinámicas, particularidades y perplejidades del manejo social de la diferencia, funciona como una metodología para la accin, que permite imaginar e inventar alternativas deseables y posibles para dirigir ese manejo, hacia el respeto e incluso la celebracin de la alteridad. </P>

<P>Ahora bien, segn se dijo en otro momento, la naturaleza de la politizacin de la diferencia permite abarcar casi cualquier expresin concreta de lo diferente, siempre y cuando esté siendo instrumentalizado para la configuracin de la comunidad, de la polis, de la nacin o el Estado. Es por esto que antes que analizar un caso concreto de dichas expresiones sociales, se analizará de qué forma la politizacin de la diferencia puede encarnarse en una red o un movimiento social. </P>

<P>El concepto de red expuesto por Marcelo Pakman (1995), permite comprender cmo puede ser el origen y la dinámica por medio de la cual, se establece una diferencia social potencialmente politizable. Una red social comienza como un grupo de interacciones espontáneas que pueden ser descritas en un momento dado, y que aparecen en un cierto contexto definido por la presencia de ciertas prácticas más o menos formalizadas. Ese conjunto de prácticas, la enunciacin de las interacciones que ocurren en ellas o alrededor de ellas, las conversaciones y los lenguajes cmplices que se establecen entre sus participantes, terminan procurando un acto reflexivo a través del cual los grupos humanos se ven a sí mismos. En este proceso se define todo aquello que constituye la red, trazando bordes y fronteras alrededor de sí, que los diferencian de otros (Pakman, 1995). </P>

<P>Seg lo anterior, las expresiones sociales anteriormente citadas se pueden comprender como redes que un punto dado del proceso de definicin de sí, establecen una frontera de la diferenciacin que los afirma, permitiendo crear comn-unidad, a partir de la negacin de lo que no hace parte de dicha red. El elemento determinante se encuentra, tanto en la toma de conciencia de sí, como en la demarcacin de linderos con otras redes, pues es en este punto en que la valoracin del sí mismo y del otro puede llevar a la negacin e instrumentalizacin de lo diferente como medio de afirmacin de lo propio. </P>

<P>Asimilar la emergencia de la diferencia social y su politizacin con la configuracin y dinámica de una red social, permite entender que la diferencia es ante todo producto de un desarrollo y un contexto histrico y, en consecuencia, de procesos humanos, demasiado humanos. También permite planear o entrever las características de una posible intervencin dirigida hacia la promocin de alternativas deseables para el manejo de las diferencias. </P>

<P>La nocin de red permite formular una segunda caracterizacin de las expresiones sociales de la politizacin de la diferencia, entendiéndolas como movimientos sociales, es decir, como una forma de accin colectiva que desborda la red social y otras formas de organizacin y expresin. Seg Lupicinio Iiguez (2003), un movimiento social se puede caracterizar en primer lugar, como un conjunto de redes de interaccin informal que promueven la circulacin de recursos esenciales para la accin, así como sistemas de significado. De acuerdo con lo anterior, los movimientos sociales promueven la elaboracin de visiones de mundo y estilos de vida que expresan y se articulan en nuestro caso, en torno a la diferencia politizada. </P>

<P>Dichas visiones de mundo y formas de vida se alimentan, segn Lupicinio (2003), de un conjunto de creencias compartidas y de un sentido de pertenencia. Se está hablando en otras palabras, de la edificacin y posterior reificacin del nosotros. Un nosotros que se compone de lenguajes, imaginarios, ideas, prácticas e interacciones, representaciones colectivas (del sí mismo y del otro) y sentimientos compartidos (de grandeza, de minusvalía, de resentimiento, de cooperacin, etc.), que permean la cotidianidad y se inscriben en la herencia de una historia compartida. </P>

<P>De lo anterior se sigue que los movimientos sociales en general, incluyendo aquellos que se construyen entorno a la politizacin de la diferencia, van más allá de las acciones colectivas puntuales y de las interacciones cotidianas, siendo atravesados por identidades colectivas, sistemas de valores, creencias, reivindicaciones y confrontaciones que le permiten tener una continuidad en el tiempo. Precisamente, Tajfel (citado por Lupicinio, 2003), seala que la identidad social basada en los procesos cognitivos de categorizacin y diferenciacin, permiten comprender el prejuicio y la discriminacin social que subyacen a la identidad nacional y otras identidades politizadas. No sobra decir que la identidad politizada es el anverso de la diferencia politizada. </P>

<P>Finalmente, los movimientos sociales que se erigen sobre la politizacin de la diferencia, se centran en los conflictos sociales, culturales y políticos que supone su manejo social. Segn la valoracin que se haga de la diferencia y el rol social que represente el movimiento, sea de actor activo que diferencia o actor pasivo que es diferenciado, buscará promover u oponerse a los cambios sociales sobre el estatuto moral, ético y jurídico del diferente. </P>
</Sect>

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<H4>7. Reflexin final </H4>

<P>Quiero terminar con una sucinta reflexin en torno a los retos que se presentan a los profesionales de las ciencias humanas frente al manejo de la diferencia. En primer lugar, es fundamental una postura crítica frente al discurso de las distintas disciplinas, que seg Foucault (2000), ha permitido gestionar, enunciar, vigilar, controlar y normalizar una forma de diferencia anclada en lo psicopatolgico, lo ilegal, lo políticamente incorrecto, etc. Lo anterior se refiere a la responsabilidad de contribuir desde el ejercicio profesional, a que la sociedad se defienda de los monstruos y espectros que ella misma ha creado. Esta postura implica que el profesional asuma una posicin ética y política, y reconozca qué tipo de diferencias está ayudando a legitimar y a regular, de qué forma lo hace y qué valoracin sostiene de la misma. </P>

<P>De igual forma, el profesional de las ciencias humanas debe reconocer la propia diferencia que lo constituye, para evitar que la ponga irreflexivamente como punto de una lectura prejuiciosa en su acercarse a la diferencia del otro. Así mismo, es fundamental comprender que la diferencia, independiente de su particularidad, está atravesada por mtiples contextos macro y micro, y en esa medida, no puede limitarse a los referentes específicos de su disciplina. Esto implica dar cuenta del contexto y las interacciones socio-culturales y políticas en las que uno mismo y los demás, somos y estamos-siendo constituidos, enunciados, pensados, reconocidos o discriminados. Finalmente, el compromiso profesional está en ser una agente que introduzca desde distintos saberes y prácticas, la celebracin de la diferencia como un elemento de constitucin y enriquecimiento de lo humano. </P>
</Sect>

<Sect>
<H4>Referencias </H4>

<P>Arendt, H. (1999). Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal. Barcelona: Lumen. </P>

<P>Bushnell, D. (2007). Colombia, una nacin a pesar de sí misma: nuestra historia desde los tiempos precolombinos hasta hoy. Bogotá: Planeta. Deleuze, G.&amp; Guattari, F. (1998). El Anti Edipo: capitalismo y esquizofrenia. Buenos Aíres: Paids. Foucault, M. (1984). Las palabras y las cosas, una arqueología de las ciencias humanas. Buenos Aires: Siglo XXI. Foucault, M. (1987). El orden del discurso. Barcelona: Tusquets. Foucault, M. (2000). Defender la sociedad. Curso en el Collége de France (1975-1976). Buenos Aíres: Fondo de Cultura Econmica. Hegel, F. (2006). Fenomenología del espíritu. Valencia: Pre-Textos. Hitler, A. (2002). Mi lucha. Santiago de Chile: Solar. Hobbes, T. (2007). Leviatán. Buenos Aires: Losada. Iiguez, L. (2003). Movimientos sociales: conflicto, accin colectiva y cambio social. Barcelona: EDIUC. Morin, E. (1994). La nocin de sujeto. En, Schnitman, D. (Comp.). Nuevos paradigmas, cultura y subjetividad. Buenos Aires: Paids. Morin, E. (2006). Breve historia de la barbarie en Occidente. Buenos Aires: Paids. Pakman, M. (1995). Redes: Una metáfora para la práctica de intervencin social (Cap.17). En Redes. El lenguaje de los vínculos, Dabas, E. &amp; Najmanovich,  </P>

<P>D. (Compiladoras). Buenos Aires: Paids. </P>

<P>Renan, E. (1987). ¿Qué es una nacin? Cartas a Strauss. Madrid: Alianza. </P>

<P>Rozzi, M. (2010). La interpretacin filosfica y política de la violencia y lo sagrado de René Girard, y su influencia en la antropología latinoamericana. En Universitas Philosofica, No.55, Ao 27, pp-67-74. </P>

<P>Schmitt, C. (2001). El concepto de lo político. En Teología Política. Buenos Aíres: Fondo de Cultura Econmica. </P>
</Sect>
</Sect>
</Part>
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